La Virginia, de cómo un lugar puede inspirar infinito

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Nuestro trabajo creativo es impredecible. En la mayoría de las ocasiones es un detalle de la pareja el que da pie al desarrollo de toda la papelería de bodas. Sin embargo, cuando diseñamos colecciones propias el sello de Loveratory es inevitable. Ahí se trasluce la esencia de lo que somos, ponemos el alma. La primera colección de la firma, ‘A mar sabe el amor’, hablaba de todo lo que somos, Mediterráneo, paz, serenidad, azul infinito… esa cercanía con el mar que tanto nos llena cada día se plasma en una papelería de bodas ideal para los que decidan casarse en la playa, por ejemplo.

Así pues, para la segunda colección era muy importante seguir en esa misma estela de autenticidad que nos caracteriza, de que todo tenga un por qué, no sólo una estética. La inspiración tardó un poco en llegar, pero la recibimos con muchas ganas. Fue durante una mañana de invierno, buscando localizaciones para el ‘shooting’ de la primera colección, nuestra diseñadora, Estefanía Lara, acabó en la urbanizacion La Virginia de Marbella. Y quedó completamente enamorada de este lugar hasta el punto de que ha querido plasmar su naturaleza sobre papel.

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Este encantador pueblo andaluz que ideó el arquitecto australiano nacionalizado español Donald Gray es el kilómetro cero de la segunda colección de Loveratory: La Virginia. De por qué este lugar deslumbra y del resto del material que tomamos como base te contamos a continuación.

Imagina un vergel mediterráneo en el que el tiempo no se mide en minutos, sino en el tintineo del agua de una fuente, único sonido del lugar junto con la conversación de los pájaros. Escondida entre palmeras y otras especies tropicales se levanta este conjunto de casitas de porte andaluz y espíritu bohemio. Sus calles laberínticas y empedradas hablan del esplendor de Al-Ándalus, igual que las tejas de barro de sus casas y las rejas por las que se cuelan los suspiros.

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Los sentidos se nublan embriagados por una senda de aromas y colores tan milimétricamente diseñada por el azar que parece cosa de brujería. Limoneros, azahar, buganvillas, jazmín y otros excesos compiten en alegría con los colores que cada casa ha elegido. Y la plaza central, con una pequeña ermita flanqueada por puertas centenarias, rodeada del azul de los azulejos y el de una fachada que parece haber teñido el mar. De tan silencioso confunde, parece un pueblo abandonado, tomado por el gobierno de los gatos.

 

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Las enredaderas que abrazan las casas de color verde menta, celeste, teja y blanco de cal protegen a los vecinos de la mirada de los extraños que, como Estefanía, no pueden evitar quedarse agarrados a este lugar. Es como un hechizo.

De vuelta a la realidad llegó el momento de plasmar todo lo sentido, todo lo que el arquitecto Gray quiso poner en La Virginia, que no es nada menos (y nada más) que la esencia de Andalucía: de su vida tranquila, de sus tardes de limonero, de sus siestas de sol filtrado y agua sobre la fuente, de su eterno silencio que es una fiesta, del dorado de sus iglesias teñidas de sencillez y pureza en fachadas encaladas, de flores insultantes de color, de magia. Así que, extasiados por todo lo que supone esta tierra, tratamos de traerla a la actualidad y renovar el tópico de lo andaluz, sin complejos.

Manos a la obra, lo primero fue el flamenco, bendita música que traspasa fronteras y corazones. Y de ahí, a todo lo que (manoseado o no) se a asociado a esta tierra. Veamos un poco de lo que nos encontramos.

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Y con todo esto, sobrecogidos por la belleza de un lugar de Marbella, alumbramos ‘La Virginia’, una colección alegre y sencilla, elegante y eterna. La semana próxima podréis ver el resultado de todo este trabajo. Mientras, disfrutad como nosotras de un paseo entre limoneros y buganvillas, dejaos atrapar el sonido y el silencio, por la luz y la sombra.

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